28 abr 2011

desgracias

Un hombre casado de unos cincuenta años, tenía prohibido el tabaco porque había padecido un amago de infarto de miocardio. Sin embargo, no podía prescindir de algunos cigarrillos al día y se encerraba en el cuarto de baño de su casa para poder fumar tranquilamente sin ser recriminado por su mujer, muy atenta siempre al estado de salud de su marido. En realidad, la mujer era cumplidora con todo e incansable. La limpieza del hogar era una de sus obsesiones. Por ello se preocupaba en demasía por los gérmenes, y la cocina y el cuarto de baño eran el centro de su preocupación sanitaria e higiénica. Por ello, de vez en cuando, empleaba en la limpieza exhaustiva que practicaba un producto químico abrasivo – ningún germen, ningún microbio, bacteria o lo que fuera podrían sobrevivir a semejante esfuerzo -. Solía rociar bien el retrete con ese producto, que debía de ser una espantosa mezcla de alcohol de quemar y amoníaco. Cuando lo vertía y lo extendía sobre el blanco inmaculado del váter o del lavabo solía ponerse una mascarilla por los vapores, que podrían resucitar a un viajero hacía el más allá. En fin, lo que de ningún modo podría imaginarse esa virtuosa mujer de su casa es que el marido iría a sentarse en el trono pocos minutos después para enfrascarse en la lectura del periódico deportivo y en el placer solitario de su furtivo cigarrillo. Y aunque se lo hubiera imaginado tampoco hubiera servido de nada porque es muy dudoso que hubiera podido prever las consecuencias.

Las consecuencias fueron bastante inmediatas, lo que tarda uno en fumarse a placer un pitillo bien aprovechado, menos de diez minutos. Los gritos terroríficos de un hombre se escucharon por todo el bloque de viviendas nada más tirar el infortunado marido la colilla por el retrete, como acostumbraba. Una llamarada se encargo de lamerle bien los genitales y alrededores. Los pelillos desaparecieron al instante en una arruga rápida que nada tenía de bella ni natural. La mujer acudió rauda, pero poco podía hacer ni entender. El marido se retorcía con una toalla mojada envolviéndole las partes bajas. Ella no comprendía. Él no acertaba a explicarse, el infierno bramó desde la grieta de un retrete superlimpio.

Cuando llegaron los del Samur quisieron naturalmente explicaciones para su rutina necesaria de rellenar partes. A duras penas empezaron a comprender y enlazar hechos, y cuando así ocurrió les dio un ataque de risa justo en el momento en que trasportaban al infortunado en una camilla. Y lo que tenía que suceder tampoco se hizo esperar. La camilla rodó con el abrasado escaleras abajo.

Parece ser que en el hospital dudaron un momento pero después lo tuvieron claro. Primero, el paciente a unidad de quemados. Después a traumatología. Nada se ha contado de su curación o del estado en que quedó. Aunque parece que el corazón no se detuvo, sino que resistió con entereza. (esta narración la oí contar en la radio – creo que era RNE en el programa de Carlos Herrera- a una señora que según dijo le había ocurrido a un vecino del bloque)

Qué amigos más majos que tengo que me mandan leyendas urbanas por correo para alertarme de los peligros de mear dónde no se debe.....el único riesgo que he tenido yo por mi trabajo ha sido cogerme una cistitis....., es peligroso los productos sanitarios pero tanto????

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